La abadía de Northanger (Northanger Abbey)

La abadía de Northanger (Northanger Abbey)

La persona, sea caballero o dama, que no obtenga placer de una buena novela, debe ser intolerablemente estúpida – Henry Tilney en La abadía de Northanger de Jane Austen (traducción de César Aira).


 

Medallón Northanger Abbey de CE Brock 1907

Medallón diseñado por Charles E. Brock para la carátula de la edición de Northanger Abbey de 1907

Posiblemente La abadía de Northanger (Northanger Abbey) sea la menos apreciada de las seis novelas de Jane Austen, a pesar de que se trata de una de las más ingeniosas y cómicas.

En parte, se debe a que a los lectores de épocas posteriores nos resulta más difícil captar plenamente el sentido de las alusiones y referencias que se incluyen en la novela. Además, en la aparente simplicidad de la trama se esconde una estructura más elaborada de lo que podemos suponer: su carácter metaliterario o metaficcional, pues constituye un experimento narrativo basado en la idea de lo que la escritora consideraba debía ser la novela, gracias a su vasta experiencia como lectora del género.

Ante tales circunstancias, para el común de los lectores puede palidecer en comparación con las restantes cinco novelas, en especial, con Persuasión, que la acompañó en su primera aparición pública. Son por así decirlo —si se descartan las obras juveniles y las obras inconclusas—, el alfa y omega de la novelista.

 


Una atribulada historia de publicación

Basados en el memorándum de su hermana Cassandra, donde, por cierto, deletreó el título como North-hanger Abbey, Jane Austen escribió esta novela entre 1798 y 1799, es decir, después de haber escrito los borradores iniciales de ‘Elinor y Marianne’ (convertida posteriormente en Sensatez y sentimientos) y ‘Primeras Impresiones’ (luego revisada y publicada como Orgullo y prejuicio). Así que, en cierta forma, se trataba de la tercera novela que escribía, pero con las revisiones que tuvieron aquéllas una vez que la escritora se mudó a Chawton, La abadía de Northanger se convierte en la más temprana de las seis, además de la primera aceptada para publicación, que quedó en el limbo por más de una década. Aparentemente, la escritora la había titulado originalmente ‘Susan’.

Además, la creación de esta novela se encuentra también vinculada a la experiencia de Jane Austen como viajera y visitante de Bath. De los treinta y un capítulos de La abadía de Northanger, cuatro se desarrollan en el hogar de la protagonista, el ficticio Fullerton en Wiltshire, nueve en la epónima e igualmente ficticia abadía (y Woodston) en Gloucestershire y dieciocho en Bath.

Por si fuera poco, Bath se relaciona muy estrechamente con la historia de la familia materna de la escritora. Su madre vivió ahí tras la muerte de su padre y ahí se casó con George Austen en 1764, en la iglesia de St Swithin [San Suituno], ubicada en Walcot, suburbio norteño de Bath. Sus tíos Jane y Edward Cooper también vivieron en Bath, lo mismo sus tíos James y Jane Leigh-Perrot, que acostumbraban pasar la mitad del año en Bath, en el no. 1 de Paragon Buildings, también en Walton, y la otra mitad en Scarlets, su finca solariega en Berkshire.

Vista de Bath en 1805

Vista de Bath en 1805. Imagen tomada del libro Jane Austen in Bath: Walking Tours of the Writer’s City (2006) de Katharine Reeve.

No se sabe exactamente cuándo visitó por primera vez Bath. Barbara N. Benedict y Deirdre Le Faye (2013: xxiii-xxiv) creen que pudo haber tenido su primer vistazo a esa ciudad balneario en la primavera de 1794, cuando ella y su hermana visitaron a sus parientes Leigh en Adlestrop, Gloucestershire, así que existe una gran probabilidad de que hayan recorrido el trayecto de la protagonista rumbo a la abadía, incluyendo, la parada en Petty France para el cambio de caballos.

Según los cálculos que Benedict y Le Faye presentan (2013: xxiv), la distancia de 70 millas de Northanger a Fullerton indica que Austen debió haber visualizado que Northanger se ubicaba en alguna parte del valle de Berkshire, cerca de la planicie aluvial del ríos Severn, en la orilla occidental de las escarpadas colinas de caliza de Cotswold. También ellas plantean que dicha locación explicaría el origen del nombre, del inglés antiguo ‘hangra’, modernizado a ‘hanger’, que significa bosque en la abrupta pendiente de una colina y se describe que la abadía se erigía abajo, en un valle, protegida en el norte y oriente por bosques de roble en ascenso (vol. II cap. 2) y queda tan abajo en el valle que no puede verse desde el camino (vol. II cap. 6) y cuando sale a admirar la casa y los terrenos ve que atrás la protegen elevadas colinas boscosas (vol. II cap. 7). Cabe mencionar además que en todo Glocestershire no existe una mansión solariega como la que se describe, y Austen podía estar segura que ningún terrateniente podía sentirse ofendido al pensar que se le achacaba ser el general (Benedict y Le Faye: 2013: xxiv).

La parroquia de Woodston también podría ubicarse en la planicie aluvial del Severn, pues el Gral Tilney se disculpa por lo plana que es la región (vol. II cap. 11).

El primer registro oficial de una visita de Jane Austen a Bath data de noviembre de 1797, cuando ella, su hermana y su madre se alojaron con sus tíos Leigh en The Paragon, así que muy probablemente esa visita fue el germen para la creación de La abadía de Northanger. Benedict y Le Faye (2013: xxiv-xxv) también presentan la hipótesis de que en aquella ocasión haya conocido al rev. Sydney Smith, ensayista y filósofo de ingenio y fundador de la Edinburgh Review en 1802, quien se sabe que estuvo en Bath en varias ocasione entre octubre de 1797 y enero de 1798, además que un pupilo de Smith, Michael Hicks Beach estaba relacionado con la familia Bramstone en Deane, lo que establece una posibilidad de que se tuvieran el mismo círculos de conocidos y por tanto que la escritora lo haya conocido. Parece que se ha identificado una similitud entre el estilo de Smith y el de Henry Tilney (TLS, 2 de julio de 1954, p. 429)

La siguiente visita de la que se tiene registro ocurrió entre mayo y junio de 1799, cuando su hermano Edward llevó a parte de su familia a Bath y se alojaron en Queen Square. Por último, la estancia de cinco años en Bath ya no como visitante sino residente, de 1801 a 1806, luego de que su padre se retiró de Steventon.

Los Lower Rooms en Bath, desde North Parade.

Los Lower Rooms en Bath, desde North Parade. Grabado de O’Neill H, en 1818. El edificio quedó destruido por un incendio en 1821. Imagen tomada del sitio Rare Old Prints.

Si bien la mudanza a Bath no fue del agrado de la escritora —pues una cosa es ir de vacaciones periódicamente y otra alojarse permanentemente en un lugar— y esos años se consideran sus más estériles en cuanto a creación artística, hizo el esfuerzo para revisar su manuscrito en el otoño de 1802, quizá un poco para distraerse y animada por su familia de que la publicase. En aquel entonces, su hermano Henry ya se había establecido como banquero en Londres y, a través de William Seymour, su abogado y representante legal, vendió por £10 el manuscrito a la editorial de Benjamin Crosby & Co., que se especializaba en publicar novelas góticas. Así, en el número 15 de la revista Flowers of Literature for 1801 & 1802 (publicado en 1803), se anunció que estaba en imprenta Susan, una novela en dos volúmenes (Benedict y Le Faye, 2013: xxvii).

No se ha encontrado una explicación de por qué Crosby nunca publicó la novela como lo había anunciado. Rebeca West en su prefacio a una edición publicada en 1932 de esta novela, imaginó que Crosby primero solamente dio un vistazo al manuscrito y le pareció un relato agradable escrito en un inglés sencillo y con conocimiento de la vida rural y de Bath, pero que, al leerla detenidamente durante los preparativos para publicación, la encontró desconcertante, con una actitud burlona tanto hacia los personajes y el público lector, por no decir que también se había reído del editor a quien había sacado £10 por una historia “tan poco romántica ni sentimental” (Southam, 1976: 259-260).

Tampoco se sabe exactamente cuándo se percató la escritora de que la editorial no iba a publicar su novela. Sin duda, otras circunstancias desplazaron sus prioridades, en especial, la muerte de su padre en enero de 1805, que dejó a las mujeres Austen sin estabilidad económica ni residencia fija.

Manuscrito de Susan. hoy Northanger Abbey, en Morgan Museum Library NYC

Carátula del manuscrito de ‘Susan, una novela en dos volúmenes’. El único documento que queda de esa primera versión de La abadía de Northanger. En posesión del Museo y Biblioteca Morgan en Nueva York.

Así, transcurrieron algunos años hasta que, unas semanas antes de la mudanza de Southampton a Chawton en 1809, al ver el anuncio de la publicación de otra novela titulada Susan, de autor anónimo por parte de la editorial de John Booth, que Jane Austen se decidió contactar a contactar a Crosby. El borrador de su misiva, fechada el 5 de abril de 1809, se conserva y dice:

Caballeros:
En la primavera de 1803, el manuscrito de una novela en 2 volúmenes titulada Susan les fue vendida por un caballero de nombre Seymour y se recibieron £10 por esa compra al mismo tiempo. Han pasado 6 años desde entonces y esta obra, de la que soy autora, no ha aparecido —hasta donde tengo mi conocimiento— publicada, aun cuando se había estipulado una pronta publicación al momento de la venta . Sólo puedo explicar tan extraordinario hecho, al suponer que el manuscrito, por algún descuido, se ha perdido y, si ése fuere el caso, estoy dispuesta a proporcionarles otra copia, si les sirve y se comprometen a que no haya más demoras cuando la tengan en sus manos. No está en mi poder, debido a circunstancias particulares, enviar esa copia antes de agosto [estaban en ese momento en el proceso de mudanza de Southampton a Chawton], pero si aceptan mi propuesta, pueden estar seguros de recibirla.

Sean tan amables de enviarme una respuesta lo más pronto posible, pues mi estadía en este lugar no excederá más de unos días.

De no recibir aviso en esta dirección, me sentiré en libertad de asegurar la publicación de mi obra en otro lugar.

Quedo de ustedes, caballeros, etc., etc.,

M.A.D.

Responder a la Sra. de Ashton Dennis,
Oficina Postal de Southampton
5 de abril de 1809.

Es la famosa carta MAD, siglas supuestamente de la señora de Ashton Dennis (Mrs. Ashton Dennis), pero que ingeniosamente también la palabra significa “enojada” o “furiosa”.

La respuesta la recibió el 8 de abril:

Señora:
Acusamos recibo de su carta del 5 de los corrientes. Es verdad que en la época mencionada, compramos al Sr. Seymour un manuscrito de novela titulada Susan, por el que se pagó la suma de 10 libras, de la que tenemos el correspondiente recibo firmado, pero no se estipuló ninguna fecha para su publicación ni estamos obligados a hacerlo. Si usted o alguien más lo hace, tomaremos medidas para impedir su venta. El manuscrito será suyo por la misma cantidad que pagamos por él.
A nombre de B. Crosby & Co.,
quedo de usted, etc.
Richard Crosby

Evidentemente, en ese entonces, Jane Austen no gozaba de la situación financiera para recuperar su manuscrito, y con la amenaza de una demanda legal, nuevamente tuvo que dejar de lado la novela otros años más.

Northanger Abbey CE Brock 1907 cap 8

Ilustración de Charles E. Brock para el capítulo 8 de la edición de 1907 de Northanger Abbey.

En la primavera de 1816, con cuatro novelas ya publicadas y posiblemente con su propio dinero de las regalías, Jane Austen que pidió a su hermano Henry tramitar la devolución de la suma mencionada y recuperar su manuscrito. Una vez concluido el trato, se le hizo saber a Crosby que la autora del manuscrito era la misma de Orgullo y prejuicio. Como no se conserva copia de las comunicaciones, solamente podemos imaginar con qué delicia debió haber enviado la información y quizá la frustración de los de Crosby, cuyo error editorial sólo lo supera el de Cadell al rechazar, sin siquiera revisar, “Primeras impresiones”.

En vista de que había ya otra Susan, Austen se vio obligada a cambiar el nombre de su protagonista por Catherine y añadió el siguiente “Aviso de la autora”:

Esta obrita se terminó en 1803 con la intención de publicación inmediata. Se le entregó a un editor, incluso apareció anunciada, pero por qué el asunto no procedió más, a la autora nunca le ha sido posible saber. Que cualquier editor considere que vale la pena comprar algo que no tienen intención de publicar es extraordinario. Pero esto, ni a la autora ni al público les concierne, salvo algunas observaciones necesarias respecto a aquellas partes de la obra que trece años han hecho comparativamente obsoletas. Se ruega al público tener en cuenta que trece años han pasado desde que se terminó, muchos más desde que se comenzó y que, durante ese período, lugares, modales, libros y opiniones han pasado por cambios considerables.

Esta “advertencia” de Jane Austen es muy cierta para sus contemporáneos y mucho más para los lectores actuales, a quienes les resulta difícil entender el contexto bajo el que escribió La abadía de Northanger, pues al menos aquéllos, aunque algunas cosas estuviesen fuera de moda, podían captar las referencias, a nosotros nos escapan todavía más.

Pese a ese aviso, Jane Austen no intentó publicarla inmediatamente después de recuperarla. Probablemente la bancarrota de Henry influyó en cierta medida, no solamente en el aspecto económico, sino que él ya no se encontraba en Londres para realizar una negociación más expedita. Por otra parte, la salud de la escritora comenzó a deteriorarse y estaba concentrada en la redacción de Persuasión. En su carta del 13 de marzo de 1817 para su sobrina Fanny Knight aparece la última referencia a esta novela:

“La señorita Catherine se encuentra en el estante por el momento, y no sé si alguna vez saldrá, pero tengo algo listo para publicación [Persuasión], que quizá podría aparecer en el transcurso de un año, es breve, como de la extensión de Catherine.”

Así que no sabemos si ése habría sido el título que definitivamente le hubiera asignado la escritora y, como se indica, estaba dudosa respecto a publicarla, la muerte se la llevó antes de poder decidir y trabajar más en la obra.

Como su carta a Crosby lo indica, en efecto, posiblemente había conservado en todos esos años un borrador del manuscrito que había entregado, para usarlo quizá para las pruebas de corrección, y realizó algunas modificaciones en ese transcurso, como lo demuestra la inclusión de información de principios de siglo XIX, como la mención de Belinda, publicada en 1801, la referencia a Samuel Richardson como autor del ensayo en The Rambler que la Sra. Morland quería que Catherine leyese (el ensayo se publicó de manera anónima y solamente en 1803 se identificó a Richardson como el autor), James King dejó de ser el maestro de ceremonias en los Lower Rooms en 1805 y que las damas no se empolvasen el cabello y usaran muselina para sus vestidos ya no era novedad en el siglo XIX (Benedict y LeFaye: xxxi-xxxiii) . Todas esas adiciones confirman por lo menos una revisión en 1803.

Sin embargo, también hay algunos críticos como Mary Lascelles, Yasmine Gooneratne y Brian Southam (véase Shaw, 1990: 339) que, al considerar que transcurrieron cinco meses entre que la escritora terminó Persuasión y comenzó a escribir Sanditon, piensan que Austen hizo algunas revisiones al texto de La abadía de Northanger en el último semestre de 1816.

Por ejemplo, precisamente Narelle Shaw (1990) considera que una pista que apunta a una revisión, por lo menos parcial en 1816, es el uso del estilo o discurso indirecto libre (DIL), un recurso característico de Austen y perfeccionado en las tres novelas escritas totalmente en Chawton, pues en La abadía de Northanger, especialmente en el segundo volumen, el DIL aparece con mucha más frecuencia que en Sensatez y sentimientos y Orgullo y prejuicio, las novelas revisadas entre 1809 y 1812.

Lo que no cabe duda, excepto por el anacronismo de la referencia a Belinda, es que la trama se desarrolla siguiendo el calendario correspondiente a 1798 (véase el calendario en el sitio de Ellen Moody).

Northanger Abbey ilustracion de Jonathan Burton para Folio Society

Frontispicio creado por Jonathan Burton para la edición de Northanger Abbey de la Folio Society (2017).

Desde un punto de vista muy estricto, el título La abadía de Northanger no parece desempeñar un papel tan relevante en la trama como sucede en Mansfield Park, pues pocos capítulos se desarrollan en el lugar (apenas nueve, como se señaló anteriormente). Sin embargo su sola mención logra conjurar una serie de ideas en la imaginación de la protagonista y en las expectativas de los lectores mucho antes de conocerlo, factores con los que intencionalmente juega la narración. Benedict y Le Faye apuntan que entre 1784 y 1818 se publicaron no menos de 32 novelas tituladas como “abadía” o alguna otra palabra semánticamente asociada (2013: xxx), así que llamarla La abadía de Northanger tenía la finalidad de atraer la atención del público.

Posiblemente en agosto de 1817, Henry y Cassandra, como heredera de los bienes de su hermana, contactaron a Murray para ofrecer la publicación conjunta de La abadía de Northanger y Persuasión, pues en una carta a Lord Byron, fechada el 9 de septiembre de ese año, el editor le comentó que estaba preparando la publicación de “dos nuevas novelas que dejó la señorita Austen —la ingeniosa autora de Orgullo y prejuicio—, quien lamento decir murió hace unas seis semanas” (LeFaye, 2013: 584).

Igualmente, en diciembre, Murray había escrito a la marquesa de Abercorn para avisarle que pronto publicaría dos novelas de la “pobre señorita Austen”, la marquesa le solicitó que se las enviara tan pronto como pudiera ambas novelas y lamentaba que “no tendremos más de ella” (LeFaye, 2013: 589).

Como había sucedido con todas las demás novelas, excepto Orgullo y prejuicio, la publicación se hizo por encargo, así que, como heredera de su hermana, Cassandra Austen conservó los derechos de autor de las obras.

Para acompañar la primera edición de La abadía de Northanger y Persuasión, Henry Austen escribió el 13 de diciembre de 1817, una “Nota biográfica de la autora” donde revela, finalmente, de manera pública la identidad de la escritora, aunque, desde la publicación de Orgullo y prejuicio en 1813, el asunto se había convertido en un secreto a voces gracias a su indiscreción.

Los anuncios de publicación aparecieron el 17 de diciembre en The Courier (el no. 7861) y el 19 de diciembre en The Morning Chronicle (no 15 / 174), donde se mencionaba que el sábado se publicarían conjuntamente un romance, La abadía de Northanger, y una novela, Persuasión. Benedict y Le Faye mencionan que posiblemente esa diferenciación la hicieron en Murray siguiendo las definiciones que Clara Reeve había establecido en 1785, donde un romance era una fábula heroica con personas y cosas fabulosas, mientras que la novela era un retrato de la vida real y los modales que pertenecen a la época en que fue escrita (2013: xxix-xxx).

1a ed de Northanger Abbey & Persuasion

Primera edición de Northanger Abbey & Persuasion, en cuatro volúmenes. Carátula del primer volumen, correspondiente a Northanger Abbey.

Nuevamente el anuncio apareció en la edición del sábado 20 de diciembre de 1817 de The Morning Chronicle (no. 15 / 175) entre los “Libros publicados este día” (Gilson, 1997: 84), aunque Henry Austen añadió un postscriptum a su nota biográfica en esa misma fecha, por lo que quizá las novelas aparecieron en realidad un par de días más tarde.

En los libros de contabilidad del editor se registran como los costos de publicación de ambas novelas en £238 y 27 chelines por 184 resmas de papel más £188, 5 chelines y 9 peniques por la impresión.

Roworth imprimió los dos volúmenes correspondientes a La abadía de Northanger. Dos años antes ese mismo impresor se habían encargado de los dos primeros volúmenes de Emma. La edición constó de un tiraje de 1 750 ejemplares, en tamaño duodécimo, a un precio de 24 chelines el juego de los 4 volúmenes. La impresión fue en papel más económico que el que se utilizó para las ediciones de Mansfield Park y Emma. El primer volumen incluye 24 páginas para la “Nota biográfica” y 200 páginas de los capítulos I a XV de La abadía…, mientras que el segundo incluye 331 páginas para los capítulos I a XVI. (Wolfson, 2014: 47). En la portada solamente se indica que las obras son “de la autora de Orgullo y prejuicio, Mansfield Park, etc.” y, como solía suceder con los libros publicados al concluir el año, aparece como año de publicación el año siguiente, es decir 1818.

Otro dato que confirma la publicación entre el 20 y el 28 de diciembre es la carta del 29 de diciembre de 1817 del poeta y compositor Thomas Moore (1779-1852), en la que le solicitó a Murray el envío de un juego de ejemplares, pues había escuchado la lectura de algunos fragmentos de Persuasión que había tenido lugar en la librería Bowood “la otra noche” y se había quedado “con un gran deseo de [leer] el resto” (Gilson: 86).

Murray también envió a la novelista Maria Edgeworth un juego de ejemplares Se sabe que James Stanier Clarke, el antiguo bibliotecario del Príncipe Regente, también adquirió el suyo (LeFaye, 2013: 591). También Isabella Milbank, la esposa de Byron, las leyó a principios de 1818, por recomendación de Augusta Leigh, la media-hermana del poeta.

Durante 1818, Murray vendió 1 409 de los 1750 ejemplares, que generaron una ganancia de £453, 14 chelines y 11 peniques a Cassandra, que los recibiría en dos pagos diferidos durante el primer semestre de 1819 y, en ese año, se vendieron 39 ejemplares más, que darían £23 y 2 chelines más (Gilson, 1997: 84). Se supone que la ganancia total por la publicación de las dos novelas sería de £518 6 chelines y 5 peniques, pues los restantes 282 ejemplares que quedaron sin vender (pues además había que descontar una veintena de ejemplares de obsequio, que correspondían unos a la familia Austen y otros a personajes influyentes que conocía el editor) se remataron antes de enero de 1821, cuando Murray reportó la última ganancia de £39, 2 chelines y 6 peniques (Gilson, 1997: 84-85), aunque parece que todavía en 1830 vendió los últimos ejemplares (Benedict y Le Faye, 2013: xxx).

Ambas novelas, aunque publicadas al mismo tiempo, son muy diferentes en estilo. Como ya se dijo, en La abadía de Northanger se detecta a una escritora comenzando su labor, pero claramente con genio literario y, en la otra, a una escritora con completo dominio de su talento.

A pesar de ese contraste, también se encuentran unidas por considerarse como las novelas de Bath, pues la trama de la primera parte de La abadía… y la última de Persuasión se desarrollan en esa ciudad. Muy ad hoc, al tratarse de Jane Austen, que sea una unión de contradicciones, ya que en La abadía de Northanger se presenta a Bath como una ciudad interesante a través de los ojos frescos de una joven que llega de visita por primera vez, mientras que en Persuasión es un lugar desagradable para una mujer que se ve forzada a dejar su hogar y fijar su residencia en Bath (un sentimiento que la escritora conocía) y cuyos recuerdos de la misma tampoco son muy gratos. Esta característica demuestra no sólo que el tiempo había pasado, sino que la visión de la escritora era distinta y era precisamente lo que había experimentado, antes y después de vivir ella misma en esa ciudad.

Recepción inicial de La abadía de Northanger

Después de toda la publicidad y reseñas que había recibido la publicación de Emma y debido a la muerte de la escritora, uno podría suponer que, con la publicación de dos novelas póstumas, la crítica se volcaría en comentar, pero no fue así. Solamente se publicaron tres reseñas. En marzo de 1818 apareció una en The British Critic, en mayo de 1818 apareció otra en [Blackwood’s] Edinburgh Magazine and Literary Miscellany, en julio de 1818 una tercera en The Gentleman’s Magazine (Gilson, 1997: 85).

Un común denominador, en las tres parece seguirse el patrón de elogio al realismo o naturalidad de las novelas de Austen en general —que había iniciado la reseña anónima de Walter Scott para Emma en la Quarterly Review dos años antes— y muy poco comentario sobre las dos novelas específicamente bajo escrutinio. Otro punto en que coincidían fue su preferencia por La abadía de Northanger con respecto a Persuasión.

El jacinto, de Pierre-Joseph Redoute

El jacinto, de Pierre-Joseph Redoute. En Northanger Abbey, Catherine aprende a amar a los jacintos.

Así en The British Critic, se refiere a la abundante narrativa sentimental en comparación con La abadía de Northanger, pero no detecta el tono de parodia y, pese alabar la caracterización de los personajes, le parece improbable la del general Tilney, aun así, la califica como “una de las mejores producciones de la señorita Austen y en todo sentido se recompensa el tiempo y esfuerzo de leerla”, en tanto que Persuasión le parecía “inferior” (Southam, 1976: 46).

Para la Edinburgh Review, La abadía de Northanger resultaba más vivaz o animada, mientras que Persuasión era “patética” (Benedict y Le Faye, 2013: xlii). Mientras que en la Gentleman’s Magazine, se señala que, pese a publicarse conjuntamente, una no era secuela de la otra, y que La abadía de Northanger era “decididamente preferible a la segunda novela, no solamente en incidentes sino incluso en su tendencia moral” (Benedict y Le Faye, 2013: xlii).

No pasaría demasiado tiempo para que las opiniones comenzarán a revertirse, pues Richard Whately en su reseña anónima de enero de 1821 en la Quarterly Review opinó que aunque La abadía de Nortthanger era “decididamente inferior a sus otras obras, al contener menos trama” y menos forjada y con “menos detalle exquisito en el cuadro moral”; aun así, consideró que “se percibe en ella la misma clase de excelencias que caracterizan a las otras novelas” a tal grado que “habría sido todo un honor para otros escritores y le habría granjeado a la escritora grandes elogios si no hubiera escrito nada mejor” (Southam, 1976: 51). En lo que posiblemente Whately no fue tan acertado fue en calificar a John Thorpe como una especie de extinción, pues al contrario, en este siglo XXI, especímenes semejantes se encuentran, como dice vulgarmente la expresión, vivitos y coleando, y peor aún en puestos de poder. En parte, esto explica por qué Jane Austen se mantiene tan vigente, sus retratos casi prototípicos de debilidades humanas.

Entre las opiniones privadas de la época respecto a la novela, solamente se ha encontrado la de Maria Edgeworth, a quien le pareció que el comportamiento del general era poco natural y fuera de carácter (xliii) y, aparentemente las calificó como “leche y agua” (Gilson, 2007: 86), una expresión que quiere decir que le parecían aguadas y sentimentales.

Cuatro décadas más tarde, el 12 de agosto de 1854, Thomas Babbington Macaulay escribió en su diario “Leí La abadía de Northanger, vale todos los de Dickens y Plinio juntos. Aun así es la obra de una muchacha. Sin duda alguna no tenía más de veintiséis [años]” (Benedict y Le Faye, 2013: xliii).

Las dificultades de lectura de La abadía de Northanger.

Así, queda visto que desde su aparición en imprenta, se ha dificultado lograr la aceptación de La abadía de Northanger entre los lectores. Constituye una novela mucho más compleja de lo que los lectores del siglo XXI podemos suponer, en parte porque nos pasan totalmente de largo muchas de las referencias o alusiones tanto literarias como sociales, políticas y económicas que incluye, de tal suerte que equivocadamente tiende a considerarse como una novela sin muchas pretensiones. Una vez que los lectores las perciben y entienden sus características peculiares, le añaden mucho mérito.

Se trata, como ya se ha dicho anteriormente, de una novela experimental, en la que la escritora intenta marcar la diferencia respecto a las convenciones de la novela que predominaban a finales de siglo XVIII, así que, es posible rastrear la influencia de ese género literario tan popular pero no muy reputado por aquel entonces. También en esa línea experimental se presenta la participación bastante consciente de la voz narradora en tercera persona que, una vez controlada, llegaría a convertirse en sello distintivo de la escritora. Además, también se observan algunos cuestionamientos respecto a las convenciones sociales, en especial respecto a la educación femenina, que también sería uno de los temas más importantes en su obra.

Northanger Abbey ilustracion de Philip Gough

Ilustración de Philip Gough para la edición de Northanger Abbey. El paseo por Beechen Cliff.

Se considera una novela temprana y, por lo mismo, suele vincularse con las obras juveniles, como parte de la práctica de la artista para desarrollar sus capacidades. Su sobrino y biógrafo James Edward Austen Leigh fue el primero en señalar la relación. Por su parte, Marilyn Butler y Robert Liddell específicamente comentan que La abadía de Northanger tiene sus antecedentes en “Catharine o el cenador”, una obra juvenil inconclusa que se conserva en el tercero de los cuadernos, donde también aparece una jovencita dando sus primeros pasos hacia la vida adulta y debe distinguir entre sus verdaderos y sus falsos amigos, además de una imitación burlona a la ficción de la época y que Butler califica como “el primer intento serio de narrativa… el primer esfuerzo reconocible de su forma clásica de novela” (Southam, 1976: 108). Podemos agregar también que los comentarios que hacen los personajes sobre el estudio de la Historia en uno de los capítulos se encuentran también muy en línea con el cuestionamiento planteado implícitamente en la “Historia de Inglaterra”.

Reginald Farrer dice que La abadía de Northanger “marca el punto de transición entre el primer período de la escritora y el segundo” (Southam: 61), es decir entre las obras juveniles y las novelas, o por lo menos las otras dos escritas en Steventon. Benedict y Le Faye (2013: lv) mencionan que ese es uno de los grandes temas bajo los que suele examinarse esta novela, como el tránsito entre las obras juveniles y las restantes cinco novelas. Sin embargo, es un ejercicio mucho más complicado, pues no solamente se trata de la crítica a las convenciones de las convenciones literarias de la época, pues tiene muchos niveles más, tanto meta-literario como narratológico.

A finales de siglo XVIII, la novela, como género literario, si bien era muy popular gracias un relativo incremento del alfabetismo, carecía del prestigio literario que adquirió finalmente con el transcurso del siglo XIX. La misma Jane Austen reconoció en una de sus cartas que pertenecía a una familia de lectores de novelas y no se avergonzaban de admitirlo (Carta no. 14, del 18 de diciembre de 1798). Todo ese vasto conocimiento como lectora se refleja en La abadía de Northanger bajo tres grandes vertientes.

Primero que nada, La abadía de Northanger es una Bildungsroman, es decir, una novela de crecimiento, del paso de la joven protagonista a la vida adulta. De esta manera, la primera parte de la novela sigue la forma de las llamadas novelas de conducta, de costumbres o de entrada en sociedad, de la que Evelina (1778) de Fanny Burney fue pionera, precedida por las novelas de Samuel Richardson como Sir Charles Grandison (1753-54), que según la “Nota biográfica” de Henry Austen, era la novela predilecta de su hermana.

En este tipo de novelas, una bella, virtuosa y talentosa protagonista hace su debut en sociedad y conoce a algún caballero de inigualables cualidades, además de verse acosada por algún inescrupuloso villano, y después de contratiempos y tropiezos sociales, alcanza un final feliz. Así, en una larga lista de alusiones que los contemporáneos de Jane Austen podían reconocer, pueden incluirse Cecilia (1782) y Camilla (1796) también de Burney, The Recess (1783-85) de Sophia Lee, Emmeline (1788) y Etheldine (1789) de Charlotte Smith, y a cuya línea también pertenece la ya igualmente mencionada Belinda (1801) de Maria Edgeworth. Bajo esta óptica, en La abadía de Northanger se ridiculiza un poco el sentimentalismo, aunque no tanto como sucedió con “Amor y amistad” y Sensatez y sentimientos.

Por otra parte, en cierta manera, también surge la crítica a los libros de conducta que limitaban a la mujer a la esfera doméstica y, por lo tanto, también su tipo de educación. Jocelyn Harris (citada por Benedict y Le Faye, 2013: liii) señala que la educación que Catherine recibe semeja a la que John Locke recomienda en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). No por nada, también a finales de siglo XVIII y principios del XIX surgió el debate sobre la educación de las mujeres, en el que la Vindicación de los derechos de la mujer (1792) de Mary Wollstonecraft, por un lado, y los ensayos de Hannah More, por otro, pueden tener divergencias pero también puntos en común. Además de las opiniones de la protagonista respecto a la Historia, donde la participación de las mujeres era ignorada o relegada, en un pasaje en la novela se nos indica el prejuicio que existía contra las mujeres eruditas o cultas (Wolfson: 37). El calificativo “bluestocking” se usaba con desprecio y seguramente Jane Austen lo conocía, aunque nunca lo empleó en su obra.

De manera mucho más notoria, en la novela también se parodian las novelas góticas, teniendo especial referencia Los misterios de Udolfo (1794) de Ann Radcliffe (Ward era su apellido de soltera). La popularidad de Radcliffe era tal que llegó a recibir un adelanto £500 libras por escribir Los misterios de Udolfo y luego £800 por El italiano, cifras sin precedentes en la historia editorial (Benedict y Le Faye, 2013: xxxvi), más si se compara con las apenas £450 que se calcula que Jane Austen recibió de ganancias en conjunto por las cuatro novelas que llegó a ver publicadas.

Ilustracion CE Brock 1907 Northanger cap 24

Ilustración de Charles E. Brock para el capítulo 24 de la edición de Northanger Abbey de 1907

La novela gótica inglesa surge en 1764 con la publicación de El castillo de Otranto —que además se subtitula Una historia gótica—de Horace Walpole donde se establecieron algunos de los tropos que dominarían este subgénero: la trama que se desarrolla en locaciones remotas y en una época pasada o, por lo menos, indeterminada, donde ocurren acontecimientos sobrenaturales o violentos, la heroína cautiva, el descubrimiento de secretos de familia, crímenes, demencia, fantasmas y espectros.

Este tipo de novelas estuvo muy en boga entre 1790 y 1820, no sin razón, pues como explican Walton Litz (1965: 272-273), Brian Southam (1976: 123-126), Sandra M. Gilbert y Susan Gubar (1979: 284, 287), Robert Hopkins (1980: 294-301), Claudia Johnson (1988: 311) y Susan Wolfson (2014: 25), su popularidad es una reacción a los grandes acontecimientos de la época, en particular la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, que fomentaron el hambre por este tipo de literatura que se convirtió en una catarsis ante el temor y la paranoia de la población, pues el miedo que provocaba la lectura de esas novelas producía una sensación de seguridad acogedora, aunque ilusoria, al lector.

Así, algunos comentarios de Henry Tilney sobre la improbabilidad de que algunas cosas pudiesen suceder en Inglaterra son en realidad una ironía situacional, pues los lectores de la época sabían bien que el peligro estaba latente.

Ya desde 1780 se habían presentado disturbios en Londres, las llamadas “revueltas de Gordon” (Gordon Riots), los acontecimientos en Francia exacerbaron los temores, así que el gobierno del primer ministro William Pitt “el Joven” (en funciones desde 1783 a 1801 y luego 1804 a 1806) estableció medidas represivas contra lo que pudiera ser muestra de disidencia o inconformidad — de hecho algunas medidas como el cercado de tierras, al que se alude levemente en La abadía de Northanger, impactó entre las clases agrarias más pobres y generó más inconformidad—, así que la libertad de expresión, de imprenta y de reunión se restringieron al mínimo; como explica Southam (1976: 123-124), reportar actividades sospechosas representaba un acto patriótico y con las guerras napoleónicas se establecieron los servicios de espionaje, así que la lectura de panfletos del general Tilney no resulta una mera mención accidental, sino que implica que actuaba como una especie de inquisidor (Hopkins, 1980: 301), y que en efecto se vivía en “un vecindario de espías voluntarios”. Dos años después de la muerte de la escritora, y cuatro después de concluida la guerra, las restricciones no se habían levantado y las presiones económicas finalmente estallaron con la Masacre de Peterloo (16 de agosto de 1819), cuando finalmente se pondrían en marcha algunas reformas. Para ser una escritora a la que se acusa de no tratar los grandes acontecimientos de su tiempo, así contextualizada, en La abadía de Northanger se presentan muchas alusiones políticas, nos da un vistazo a la parte oscura de la Regencia (Southam, 1976: 126), que aunque no se parece tanto a la de una novela gótica, entrañaba también sus propios peligros.

Estampilla postal de Northanger Abbey 2013

Estampilla postal de Northanger Abbey, diseñada por Angela Barret en 2013

Volviendo al tema de las novelas góticas, cabe mencionar que La abadía de Northanger no fue la primera obra en satirizar este tipo de literatura, pues en el número de agosto de 1797 de la Monthly Magazine apareció el “Terrorist System of Novel-Writing” escrito por “un novelista jacobino”, donde más o menos se resumen las pautas que Jane Austen pondría en juego en su novela.

Pese a la popularidad inicial de las novelas góticas, muchas de las novelas publicadas entre de finales de siglo XVIII y principios del XIX comenzaron a caer en el olvido a tal grado que, para la segunda mitad del decimonónico, se pensaba que Jane Austen había inventado los títulos a los que se hace referencia en su novela. Sin embargo, a principios de siglo XX se identificaron a los autores y poco a poco se recuperaron los textos, de manera que la lista de novelas que proporciona Isabella Thorpe hoy se conoce como “El canon de Northanger”. De manera que esta novela resulta una especie de repositorio donde se conservó parte de la historia de la novela gótica.

Una tercera línea de influencia literaria es la quijotesca. Sí, puede sorprender a algunos lectores de lengua española encontrar un nexo entre Cervantes y Austen. Se trata de novelas en las que las protagonistas pierden la perspectiva de la realidad debido a su adicción a la lectura de novelas y que las hace creer en fantasías románticas. Dos novelas de este subgénero son La mujer Quijote (1752) de Charlotte Lennox y The Heroine or Adventures of Cherubina (1814) de Eaton Stannard Barrett. Sin embargo, como Litz señala, Austen no censura la imaginación de Catherine, sino al mal uso que hace de ella y, por extrapolación, también a los lectores que hagan lecturas literales (1965: 271).

Todo esto demuestra el extenso conocimiento de Jane Austen como lectora y cómo, gracias a esas líneas de influencia se permite revolucionar la novela como género, de ahí que su obra resulte un parteaguas en la historia de la literatura. Sus obras juveniles habían empezado como una parodia de la narrativa sentimental y con La abadía de Northanger da un salto con un doble propósito de crítica constructiva, pues al mismo tiempo que parodia las convenciones, al señalar la improbabilidad e irrealidad de las tramas, situaciones y personajes, plantea darle una nueva forma, se torna en un manifiesto de lo que debe ser la narrativa, incluyendo la llamada “defensa de la novela” que aparece en el capítulo 5.

Walton Litz afirma que lo que observamos es una reacción de Jane Austen contra las críticas al mérito de la novela, pues hasta aquel entonces, la crítica y la defensa de ella como género literario se había realizado solamente en términos moralistas y ella realiza una defensa en términos estéticos, al aplicar las nociones de verdad e imitación que se aplicaban para la poesía (1965: 264-267).

Una de las maneras en que Jane Austen rompe las convenciones literarias es en la caracterización de los protagonistas de esta novela.

Estampilla de Northanger Abbey de 1975

Estampilla postal de Catherine Morland, protagonista de Northanger Abbey, diseñada por Barbara Brown en 1975.

Catherine Morland dista mucho de ser una heroína como las que presentaban otros escritores. No destaca por su belleza ni por su inteligencia, de hecho, Elizabeth Hardwick considera que inicialmente se percibe una actitud condescendiente y casi de desprecio por la protagonista (Southam, 1976: 99, 105), que no entiende de implícitos, al ser demasiado literal y directa en sus interpretaciones y razonamientos (Southam, 1976: 92), pero gradualmente tenemos que admirar su honestidad y su sencillez (Southam, 1976: 105). Puede resultar ingenua e insegura, pero logra discernir entre la autenticidad y la falsedad.

Margaret Olimphant fue una de sus primeras admiradoras, pues “con todo su entusiasmo y sus errores, su modesta ternura y sentimiento correcto, y el fino instinto que corre por su simplicidad, es el más cautivante retrato de una jovencita que quizá haya proporcionado la narrativa” (Southam, 1976: 53).

Mientras que W.D. Howells (1901), la considera “una gansa, pero una gansa muy encantadora… a la que se debe respetar por su sinceridad, sus elevados principios, su generosa confianza en los demás y su paciencia en las pruebas que serían grandes para cabezas más fuertes… Ella vence gracias a su inocencia y dulzura y… tiene un corazón tan bueno que le funciona en lugar de buen juicio” (Southam, 1976: 55).

Comparada con las protagonistas de las otras seis novelas, Catherine Morland puede parecer simplona para algunos lectores. No es ingeniosa como Elizabeth Bennet o Emma Woodhouse, ni un modelo de sensatez y paciencia como Anne Elliot, Fanny Price o Elinor Dashwood, ni se deja arrastrar por sus sentimientos como Marianne Dashwood. Es junto con Fanny y Marianne, una de las más jóvenes heroínas, pero ni es experta en poesía romántica como éstas, su gusto literario es mucho más limitado. Tiene cierta similitud con Emma y Marianne, con las que comparte el defecto de engañarse a sí misma al dejar volar demasiado su imaginación, perdiendo en cierto momento el sentido de la realidad, por la influencia de sus lecturas, pero, en su modestia, nunca se ve como heroína de una novela.

Ilustración de HM Brock Northanger Abbey 1898.

Ilustración de Henry Matthew Brock para el capítulo 20 de la edición de Northanger Abbey, de 1898.

El protagonista es personaje mucho más complejo y sofisticado, Susan Wolfson incluso lo considera ambiguo, como un acertijo (2014: 37, 39), conoce el mundo, está muy bien informado, posee mucha confianza en sí mismo y es capaz de distinguir entre la fantasía gótica y la realidad, y al mismo tiempo percibir que existe una simetría entre ambas (2014: 85). Es el único de todos los protagonistas masculinos austenianos que se parece a su creadora, ya que comparten el mismo tipo de ingenio irónico. Ocasionalmente ese ingenio puede tener una agudeza incómoda para la corrección política del siglo XXI y para el movimiento feminista si se interpreta literalmente, la clave es entender que se trata de un personaje que le gusta la ambigüedad, jugar con las palabras y la ironía, aunque paradójicamente pueda resultar por momentos pedante con su precisión lingüística.

Como Joseph Litvak ha señalado, analizar a un personaje como Henry Tilney se complica al tratarse de un muchacho atractivamente encantador, una característica de la que, conforme evolucionó la narrativa de Jane Austen, había que desconfiar pues el encanto en un joven sería equivalente de duplicidad y villanía, a tal grado en que para Mansfield Park, se había metamorfoseado en Henry Crawford (348-349). Así pues, por su ingenio Henry Tilney puede parecer una versión masculina de Elizabeth Bennet, pero al igual que ella, tiene su contraparte oscura en Mansfield Park.

El encanto que tiene Henry Tilney llega al punto que tiene un grupo ferviente de admiradores entre los Janeites, que forman parte de The Cult of Da Man.

En contraste, el resto de los personajes de esta novela se consideran si no unidimensionales, apenas bidimensionales, pues su presencia se debe a la función que deben de cumplir en la trama (Mudrick en Southam, 1976: 92-93). Solamente otro “personaje” es capaz de opacar a los protagonistas en esta novela: la voz narradora.

Como se ha señalado antes, La abadía de Northanger representa un gran experimento narrativo por parte de Jane Austen. En palabras de Reginald Farrer, con La abadía de Northanger, Jane Austen había dado “una gran zancada”, pues se enfrenta a un problema técnico muy difícil y los lectores, al disfrutar solamente de la historia, corren el riesgo de perder de vista ese problema y la manera en que la escritora lo sortea (Southam: 60).

Walton Litz opina que Jane Austen se encontraba experimentando con los métodos narrativos que aún no había dominado, pues las secciones más sofisticadas ocurren con los intercambios dramáticos, cuando permite que los personajes expongan su propia naturaleza a través de las palabras y gestos (1965: 276), sin embargo, todavía no lograba la consistencia al exponer los puntos de vista (1965: 275), aunque poco a poco se movía hacia el balance entre la acción dramática y la exposición psicológica, pues los lectores escuchamos el diálogo y sacamos conclusiones (1965: 277).

Esa experimentación se observa de manera notoria en la forma de narración entre las distintas obras, la mayoría de sus obras juveniles tienen una narrativa epistolar, es decir son cartas y por tanto escritas en primera persona, lo mismo se cree, hasta cierto punto, de los borradores de “Elinor y Marianne” y “Primeras impresiones”, así que La abadía de Northanger era una de sus primeras obras donde la narración la hace una voz omnisciente en tercera persona, de ahí también el vínculo con “Catherine o el cenador”, que también iba a ser una Bildungsroman con narración en tercera persona.

Por lo mismo, la voz narradora es la que ofrece mayores dificultades, en eso Litz también opina que aún no lograba controlar su actitud, que por momentos se observa el avance hacia las obras posteriores y, por otros, un retroceso a los tonos más crudos de las obras juveniles (1965: 274), y ocasionalmente también recuerda a la jocosidad de la voz de las novelas de Henry Fielding.

Al mismo tiempo, con esa voz narradora, la escritora hizo una prueba que no volvería a repetir en las demás novelas, pues se trata de una voz metaficcional.

¿Qué se quiere decir con meta-ficcional? Pues que a la joven escritora no le basto parodiar las convenciones literarias, sino que también, a través de la voz narradora, expone cómo debe o no escribirse una novela, cómo construir o no los personajes y la trama, cómo lograr ciertos efectos. Así, con frecuencia, la voz intercala dentro de la narración sus opiniones, incluyendo por supuesto, la ya mencionada “defensa de la novela” y así, Jane Austen también marcó la diferencia respecto a muchos de sus colegas que solían incluir prefacios a sus obras para disculparse por llamarlas novelas o argumentaban que no lo eran.

Northanger Abbey A. Wallis Mills 1908

Ilustración de Arthur Wallis Mills para el capítulo 3 de Northanger Abbey, edición de 1908.

Esa voz narradora omnisciente, irónica e ingeniosa se convertiría en un recurso distintivo de las novelas de Jane Austen. Mantiene su distancia mientras reproduce perfectamente el habla de los personajes para reírse de ellos y los lectores quedamos tan encantados que caemos en la trampa de confiar casi ciegamente en su perspectiva; solamente los más sagaces alcanzan a percibir que posiblemente también se ríe de nosotros, quizá con el propósito de enseñarnos a ser mejores lectores. Hasta ese punto llega su carácter meta-ficcional.

Además de todas estas características que distinguen a La abadía de Northanger, también es la novela de Jane Austen que contiene más referencias socioeconómicas y culturales de la época, muchas ilegibles para el público actual. Así, por ejemplo, se habla del cercado de tierras, de cultivos en invernaderos, de historia, de lo pintoresco, de innovaciones tecnológicas y nuevos productos, de carruajes, de modales y etiqueta, de moda y bailes, de la agenda social en Bath.

Así, aunque usualmente se califica como una novela inferior o por lo menos dispareja respecto a las restantes cinco novelas (Lascelles en Southam, 1976: 62, Litz, 1965: 274, Wolfson, 2014: 10), en ella, Jane Austen entretejió y bordó una extensa variedad de hilos. Algunos nunca los volvería a emplear; otros, aprendería a bordarlos con más sutileza y tejerlos de manera más intrincada, además de limitar el rango y enfocarse más en ciertos detalles, hasta alcanzar la perfección con sus novelas posteriores.

Traducciones y recepción en el mundo de lengua española

Si en el mundo anglosajón, La abadía de Northanger queda relegada entre las preferencias del público lector, casi lo mismo sucede con su recepción en el resto del mundo.

Se tradujo por primera vez en 1824, en francés, como L’Abbaye de Northanger, a cargo de Mme Hyacinthe de Ferrières, también novelista, publicada en tres volúmenes e incluyó la “Nota biográfica” de Henry Austen. Esa fue la única traducción de la novela que apareció durante el transcurso del siglo XIX.

La abadía de Northanger, ediciones en español

Algunas ediciones en lengua española de La abadía de Northanger

En lengua española se publicó por primera vez con casi un siglo de demora, en 1921, por parte de la editorial Calpe, en Madrid, y traducción de Isabel Oyarzábal Smith, destacada periodista, escritora y diplomática española. Hoy en día, esa traducción es la más difundida, pues se sigue utilizando para distintas ediciones, aunque con lenguaje supuestamente “modernizado” y nada afortunado como descubrió Iris Chrysoffós (2014).

La abadía de Northanger es una de las pocas novelas de Jane Austen de la que aparentemente se han hecho traducciones latinoamericanas. Gilson (1997: 205) registra por ejemplo una edición argentina publicada en 1957 por Acmé, con traducción atribuida a Héctor E. Casali, sin embargo, se ha encontrado una edición más antigua de esa misma editorial (de mayo de 1944) que no menciona traductor, solamente la supervisión de “M.E.A.” y al revisar el texto corresponde al de Oyarzábal. Tres décadas más tarde, en 1978, la editorial Sudamericana publicó una edición con la traducción de César Aira.

A pesar de que es la más corta de las seis novelas, al no ser tan popular entre el público, no se ha traducido tanto como, por supuesto, Orgullo y prejuicio, o incluso Persuasión y, desde 1995, Sensatez y sentimientos, que son las más conocidas de la escritora entre los hablantes de lengua española. La más reciente traducción de esta novela data de 2013, a cargo de Miguel Ángel Pérez Pérez para Alianza Editorial.

Legítimamente, otras traducciones, supuestamente más recientes no cuentan pues en la edición mexicana publicada por Editorial Tomo desde 2011 se atribuye a Roberto Mares la traducción, pero si uno examina el texto, corresponde a la traducción de Guillermo Lorenzo; mientras que la que aparece en la edición de Ediciones Plutón y atribuida a Benjamin Briggent, se basa en la de Oyarzábal, con alguna que otra reordenación sintáctica para tratar de disfrazar la copia.

Otro factor que pesa en contra de una recepción más amplia de La abadía de Northanger son las referencias literarias, pues resulta más difícil comprender el propósito de una obra así si no se está familiarizado en cierta medida con el tipo de novelas que se parodia.

De las novelas de conducta o entrada y sociedad que se mencionan en esta novela, solamente se ha publicado Evelina, primero por parte de Espasa-Calpe en 1934, con introducción de Ernest Rhys y traducción atribuida a “Maribel”. Permaneció descatalogada por décadas hasta que, en 2014, la editorial D’Época publicó una nueva edición con traducción de Ma. Eva González Pardo.

Evelina, Los misterios de Udolfo y La mujer Quijote

Tres novelas esenciales para entender La abadía de Northanger: Evelina de Fanny Burney, Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe y La mujer Quijote de Charlotte Smith. Publicadas en lengua española por D’Época. Valdemar y Cátedra respectivamente.

En 1992, la editorial Valdemar publicó Los misterios de Udolfo, traducida por Carlos José Costas Solano, como el quinto volumen de su colección Gótica, que todavía se encuentra a la venta, y también en formato más económico (hoy descatalogado) en su colección El Club Diógenes. Asimismo, Valdemar editó El italiano, la otra novela de Radcliffe que aparece en el canon, en traducción de Francisco Torres Oliver, también para su colección Gótica.

Por último, La mujer Quijote de Charlotte Lennox en traducción de Manuel Broncano se publicó en 2004 como parte de la colección Letras Universales de editorial Cátedra. Hoy en día, esa edición solamente se consigue en ejemplares de segunda mano o en formato de libro electrónico.


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Copyright © 2018 Cinthia García Soria. Todos los derechos reservados. La redacción del contenido. así como la traducción de las citas y referencias en inglés, con excepción del epigrama, la realizó Cinthia García Soria.

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